Ya no hay nada qué hacer. Esta vez se trata de mí y no de ella. Tú más que nadie conoces esta historia.
Ella se fue, se fue sin tan siquiera despedirse, sin dejar una nota, un papelito, una de esas carticas a las que recurren las novelas cursis y los lugares comunes para poner fin a una trágica historia de amor. Ella se fue, y no sólo olvidó dejar la bendita nota sino que también olvidó recoger su ropa del armario. Montones y montones de ropa, con el olor de su piel y su perfume. Fue como si hubiese dejado un muerto en el armario; a fin de cuentas era la misma cosa: un armario y los veinte metros cuadrados en los que vivo, un cuchitril que es lo único que puedo pagar con mis dos miserables quincenas. Y era de esperarse, que el olor de su ropa, que aún más era el olor de mis días con ella, comenzara a adueñarse del único oxígeno de la casa ¿Que todo se hubiese solucionado echando la ropa a la basura? Tú sabes que no todo es tan sencillo, que este vacío lóbrego del abandono se llena con una media, un libro, una caja de cigarrillos a la mitad; y entonces comenzamos a sacralizar objetos, convencidos, quizás, de que el espíritu del otro habita dentro de aquellas frías e inanimadas superficies, y a mí me tocó con su ropa, desde que ella se fue yo no hice otra cosa que olerla, aferrarme a un recuerdo, romper toda conexión con el presente.
Ella se fue, se fue sin tan siquiera despedirse, sin dejar una nota, un papelito, una de esas carticas a las que recurren las novelas cursis y los lugares comunes para poner fin a una trágica historia de amor. Ella se fue, y no sólo olvidó dejar la bendita nota sino que también olvidó recoger su ropa del armario. Montones y montones de ropa, con el olor de su piel y su perfume. Fue como si hubiese dejado un muerto en el armario; a fin de cuentas era la misma cosa: un armario y los veinte metros cuadrados en los que vivo, un cuchitril que es lo único que puedo pagar con mis dos miserables quincenas. Y era de esperarse, que el olor de su ropa, que aún más era el olor de mis días con ella, comenzara a adueñarse del único oxígeno de la casa ¿Que todo se hubiese solucionado echando la ropa a la basura? Tú sabes que no todo es tan sencillo, que este vacío lóbrego del abandono se llena con una media, un libro, una caja de cigarrillos a la mitad; y entonces comenzamos a sacralizar objetos, convencidos, quizás, de que el espíritu del otro habita dentro de aquellas frías e inanimadas superficies, y a mí me tocó con su ropa, desde que ella se fue yo no hice otra cosa que olerla, aferrarme a un recuerdo, romper toda conexión con el presente.
Por eso pasé semanas enteras sin salir
de casa. Me desaparecí para
todos, no atendí una sola llamada, es más, acabé arrancando el cable del
teléfono, pues su molesto ringrineo entorpecía mis dislocadas ensoñaciones abrazado
a su ropa. No olvido que fuiste tú el que estuvo a punto de echar abajo la
puerta, que oí los golpes y casi autómata, arrastrando los pies, caminé hasta
la entrada, miré por el ojo mágico, rodeé la manilla con las pocas fuerzas que
tenía, y abrí. A partir de ese momento sólo tú me frecuentabas ¿Recuerdas
aquello que me contaste? Eso, que desde el momento en que comenzaste a venir a
la casa los vecinos no hacían otra cosa que inventar historias, que te
saludaban en el ascensor, y que de no ser porque vivo en un primer piso quién
sabe si hubiesen encontrado la forma de sacarte algún bocado sobre mí.
Te agradezco tantas cosas, amigo, pero sobre todo agradezco el haberme apoyado cuando creí dar con la salida, cuando tomé
esa decisión que me llevó hasta aquí. Y es que todo parecía tan obvio: si el
problema era el olor de su ropa, y yo aferrado me negaba a deshacerme de ella,
entonces estaba claro, debía ir a la raíz del problema, debía deshacerme del
olor de su ropa; un olor fuerte, tan sujeto a la tela, que hubiese sido inútil
ocultarlo detrás del perfume corriente de algún detergente. La solución, en
cambio, debía ser más drástica: humores por humores. Fue esa y no otra la razón
por la que comencé a usar su ropa.
Por las noches no tuve
mayor dificultad, pues sus pijamas eran de un material bastante flexible, y,
además de mi delgadez, podría decirse que, salvo a causa de la distancia mínima
que producen un par de centímetros, ambos compartíamos la misma estatura. El
verdadero problema se presentó cuando decidí reintegrarme al trabajo y salir a
la calle, claro está, con la ropa de ella. Todavía recuerdo la cara de Espinoza,
el vigilante del edificio, cuando me vio salir de blusa y tacones. “Se… se…
señor Serrano.” Fue lo único que pudo balbucear el pobre. Lo mismo ocurrió en
la oficina, en el gimnasio, y hasta en el bar de Don Luís. No sabes cuánto me
costó convencer a más de uno de que me encontraba bien, bueno, mejor, y que
todo esto se trataba de una especie de terapia para superar el duelo que me
produjo su ausencia y bla bla bla. Es más, cuando ésta repetitiva argumentación
llegó a ser extenuante, opté por recurrir a ambiguos tecnicismos, inventados,
claro está, sobre complejos procesos conductistas.
Por su puesto que me costó
adecuarme, y sobretodo tener que soportar las pesadeces y más, de aquellos que
gozaban con la noticia de que yo me había vuelto maricón, y de mal gusto,
además, porque el asunto, y tú lo sabes, no se trataba de convertirme en mujer,
sino de utilizar la ropa de ella para sustituir sus olores por los míos. Nunca
dejé de tener barba, nunca me depilé las piernas, no me maquillé, ni lucí
pelucas para ocultar la calvicie. Sólo se trataba de hacer su ropa mía, y así
poder deshacerme de ella sin ningún apego por el recuerdo, como quien echa a la
basura unos pantalones viejos, unos zapatos rotos, o una camisa pasada de moda.
Tan sólo un mes bastó para que mis
sudores y mi perfume barato ocuparan las fibras y anidaran hasta el más mínimo
resquicio de la tela. Así llegó aquel día, el día en que reuní toda la ropa que
en algún momento perteneció a ella, la deposité en una bolsa negra, en varias,
a decir verdad, y yo mismo las lleve, una a una, a la esquina donde reposaba el
contenedor de la basura desbordado. De eso han pasado tres meses. Ese día te
llamé ¿recuerdas? Te dije que todo había terminado. Gritaste del otro lado del
teléfono, “¡qué buena noticia, coño!” Nos vimos aquella misma noche, te conté
lo de las bolsas, amanecimos ebrios de tanto ron y tanta risa, habíamos
sepultado a ese muerto entre las horas. A la mañana siguiente ya no teníamos
nada que decir sobre el asunto.
Ahora trato de mantener esta
mentira: tienes razón no soy el mismo de antes. Hace unos días escuché en la
radio que el amor es el castigo de la locura, y creo que mi locura desató la
ira indiscriminada del amor. Parecía tan fácil: sustituir humores por humores.
Y así fue, entre la basura quedaron sacos de prendas con mi olor y yo retorné
a la casa con el olor de la victoria, y luego del ron, del tabaco, del
trasnocho, la resaca; y bastaron veinticuatro miserables horas para darme
cuenta, que el olor de ella, ese tufo endemoniado que frotaba día y noche
contra mi piel, ahora se había quedado para siempre conmigo, ahora estaba
enquistado entre mis poros, transpirando su nombre, habitando, como un ente que
posee a una materia sin vida.
Ya no pude vestir mi cuerpo
nunca más, todo intento de cubrirme acababa de la misma forma: engrosando
bolsas negras llenas de ropa con su olor. El amor me condenó a la
desnudez, y yo, loco, al encierro.

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