Todos los Whitman

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lunes, 13 de febrero de 2012

MUDANZA




             Ya no hay nada qué hacer. Esta vez se trata de mí y no de ella. Tú más que nadie conoces esta historia. 
          Ella se fue, se fue sin tan siquiera despedirse, sin dejar una nota, un papelito, una de esas carticas a las que recurren las novelas cursis y los lugares comunes para poner fin a una trágica historia de amor. Ella se fue, y no sólo olvidó dejar la bendita nota sino que también olvidó recoger su ropa del armario. Montones y montones de ropa, con el olor de su piel y su perfume. Fue como si hubiese dejado un muerto en el armario; a fin de cuentas era la misma cosa: un armario y los veinte metros cuadrados en los que vivo, un cuchitril que es lo único que puedo pagar con mis dos miserables quincenas. Y era de esperarse, que el olor de su ropa, que aún más era el olor de mis días con ella, comenzara a adueñarse del único oxígeno de la casa ¿Que todo se hubiese solucionado echando la ropa a la basura? Tú sabes que no todo es tan sencillo, que este vacío lóbrego del abandono se llena con una media, un libro, una caja de cigarrillos a la mitad; y entonces comenzamos a sacralizar objetos, convencidos, quizás, de que el espíritu del otro habita dentro de aquellas frías e inanimadas superficies, y a mí me tocó con su ropa, desde que ella se fue yo no hice otra cosa que olerla, aferrarme a un recuerdo, romper toda conexión con el presente.

               Por eso pasé semanas enteras sin salir de casa.  Me desaparecí para todos, no atendí una sola llamada, es más, acabé arrancando el cable del teléfono, pues su molesto ringrineo entorpecía mis dislocadas ensoñaciones abrazado a su ropa. No olvido que fuiste tú el que estuvo a punto de echar abajo la puerta, que oí los golpes y casi autómata, arrastrando los pies, caminé hasta la entrada, miré por el ojo mágico, rodeé la manilla con las pocas fuerzas que tenía, y abrí. A partir de ese momento sólo tú me frecuentabas ¿Recuerdas aquello que me contaste? Eso, que desde el momento en que comenzaste a venir a la casa los vecinos no hacían otra cosa que inventar historias, que te saludaban en el ascensor, y que de no ser porque vivo en un primer piso quién sabe si hubiesen encontrado la forma de sacarte algún bocado sobre mí.
Te agradezco tantas cosas, amigo, pero sobre todo agradezco el haberme apoyado cuando creí dar con la salida, cuando tomé esa decisión que me llevó hasta aquí. Y es que todo parecía tan obvio: si el problema era el olor de su ropa, y yo aferrado me negaba a deshacerme de ella, entonces estaba claro, debía ir a la raíz del problema, debía deshacerme del olor de su ropa; un olor fuerte, tan sujeto a la tela, que hubiese sido inútil ocultarlo detrás del perfume corriente de algún detergente. La solución, en cambio, debía ser más drástica: humores por humores. Fue esa y no otra la razón por la que comencé a usar su ropa.
 Por las noches no tuve mayor dificultad, pues sus pijamas eran de un material bastante flexible, y, además de mi delgadez, podría decirse que, salvo a causa de la distancia mínima que producen un par de centímetros, ambos compartíamos la misma estatura. El verdadero problema se presentó cuando decidí reintegrarme al trabajo y salir a la calle, claro está, con la ropa de ella. Todavía recuerdo la cara de Espinoza, el vigilante del edificio, cuando me vio salir de blusa y tacones. “Se… se… señor Serrano.” Fue lo único que pudo balbucear el pobre. Lo mismo ocurrió en la oficina, en el gimnasio, y hasta en el bar de Don Luís. No sabes cuánto me costó convencer a más de uno de que me encontraba bien, bueno, mejor, y que todo esto se trataba de una especie de terapia para superar el duelo que me produjo su ausencia y bla bla bla. Es más, cuando ésta repetitiva argumentación llegó a ser extenuante, opté por recurrir a ambiguos tecnicismos, inventados, claro está, sobre complejos procesos conductistas.
Por su puesto que me costó adecuarme, y sobretodo tener que soportar las pesadeces y más, de aquellos que gozaban con la noticia de que yo me había vuelto maricón, y de mal gusto, además, porque el asunto, y tú lo sabes, no se trataba de convertirme en mujer, sino de utilizar la ropa de ella para sustituir sus olores por los míos. Nunca dejé de tener barba, nunca me depilé las piernas, no me maquillé, ni lucí pelucas para ocultar la calvicie. Sólo se trataba de hacer su ropa mía, y así poder deshacerme de ella sin ningún apego por el recuerdo, como quien echa a la basura unos pantalones viejos, unos zapatos rotos, o una camisa pasada de moda.
            Tan sólo un mes bastó para que mis sudores y mi perfume barato ocuparan las fibras y anidaran hasta el más mínimo resquicio de la tela. Así llegó aquel día, el día en que reuní toda la ropa que en algún momento perteneció a ella, la deposité en una bolsa negra, en varias, a decir verdad, y yo mismo las lleve, una a una, a la esquina donde reposaba el contenedor de la basura desbordado. De eso han pasado tres meses. Ese día te llamé ¿recuerdas? Te dije que todo había terminado. Gritaste del otro lado del teléfono, “¡qué buena noticia, coño!” Nos vimos aquella misma noche, te conté lo de las bolsas, amanecimos ebrios de tanto ron y tanta risa, habíamos sepultado a ese muerto entre las horas. A la mañana siguiente ya no teníamos nada que decir sobre el asunto.
Ahora trato de mantener esta mentira: tienes razón no soy el mismo de antes. Hace unos días escuché en la radio que el amor es el castigo de la locura, y creo que mi locura desató la ira indiscriminada del amor. Parecía tan fácil: sustituir humores por humores. Y así fue, entre la basura quedaron sacos de prendas con mi olor y yo retorné a la casa con el olor de la victoria, y luego del ron, del tabaco, del trasnocho, la resaca; y bastaron veinticuatro miserables horas para darme cuenta, que el olor de ella, ese tufo endemoniado que frotaba día y noche contra mi piel, ahora se había quedado para siempre conmigo, ahora estaba enquistado entre mis poros, transpirando su nombre, habitando, como un ente que posee a una materia sin vida.
Ya no pude vestir mi cuerpo nunca más, todo intento de cubrirme acababa de la misma forma: engrosando bolsas negras llenas de ropa con su olor. El amor me condenó a la desnudez, y yo, loco, al encierro.


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