Dijeron que no sabían, a ciencia cierta, cuándo culminarían las obras en
mis dientes. “Es difícil saberlo, señor Flores, sus dientes no quieren ceder.
Hemos probado ya todo tipo de elásticos que nos permitan arrastrar las piezas
al lugar deseado. Hemos también taladrado y demolido estructuras para luego
forzar, con expeditas tenazas, el reacomodo preciso de algunas otras, y usted
mismo ha evidenciado cómo la oposición de sus huesos echa para atrás todo el
trabajo. Pero no se preocupe, señor Flores, nosotros prometimos corregir esa
individualidad de sus dientes, esa alegría disonante y poco armónica que los
hace amontonarse sin ningún respeto por los cánones. En suma, señor Flores, le
prometimos la sumisión total de sus dientes para liberar en definitiva a su
sonrisa, a fin de cuentas, fue eso lo que lo trajo a nosotros ¿no? eso fue lo que usted nos
pidió. Debe tener paciencia entonces, y claro está, seguir cooperando con
nuestros medidos asaltos a su boca, lo que es decir, permitirse todas las
agresiones que sean necesarias para la consecución inminente de nuestra meta.”
Eso me dijeron los expertos, y, a decir verdad, ya me encuentro más tranquilo. Me aconsejaron, eso sí, cargar desde ahora con lápiz y papel, comenzar a ejercitar la escritura, esto por si es preciso, en los próximos días, clausurar mi boca por tiempo indefinido.
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