<< El mayor temor para un fugitivo es
sospechar que nadie lo persigue >> Anónimo
Mientras
avanzaba hacia el carro parqueado en la acera, todavía con el roce de aquel
beso hormigueando en sus labios, miraba absorto la hiedra esparcida por la
pared blanca del vecino como un sutil trazo de color verde sobre un lienzo. La
puerta oxidada de aquella casa en la alta Florida que los albergó por las
últimas 48 horas de la fuga, se cerró al poco tiempo de que él, Miguel,
iniciara su marcha hacia el Célica negro metalizado año 92 que lo esperaba, como
el cómplice que siempre espera afuera, a
escasos metros del lugar. Ella, por su parte, aguardaría unas horas más en el
refugio antes de partir.
Una vez en el carro respiró con vehemencia,
como si por mucho tiempo hubiese permanecido bajo el agua, y al salir, se
encontrara con el primer hálito de oxigeno. Las llaves fijas entre sus dedos y
la hendija del encendido. El llavero colgando con un ligero balanceo. Ellos habían
decidido dejar de escaparse del tiempo y someterse nuevamente a su imperio,
asumiendo, cada uno por su lado, las consecuencias de haber violentado sus
hoscos designios.
Aquella noche,
cuando todo comenzó, era la tercera o cuarta vez que se veían. Se conocieron
por intermedio de Trino: maestro, hombre poderoso, mago del tiempo. Esa noche,
él quiso festejar con sus discípulos el hallazgo de una nueva fórmula y los
juntó para celebrar una bacanal. Ella, dispuesta a seducir al mago para
arrebatarle la fórmula del sosiego, danzaba como una diosa africana sobre una
bestia negra, sus manos desgarraban la túnica de Trino mientras gritaba su
nombre. Miguel, mientras tanto, tallaba en su cabeza, al filo del cincel, la
imagen de los cuerpos violentándose.
Los
rayos del sol naciente descubrieron a los discípulos con las pieles vejadas por
los juegos de la noche. El mago ya no estaba. Ellos se dejaron caer uno al lado
del otro con sus pesadas cargas. La fuerza de la tierra los reavivó con un
soplo vigoroso de deseo. Sus brazos comenzaron a erigirse como recias
enredaderas pobladas, circundando los cuerpos hasta hacerlos uno. Las miles de
manos como hojarascas bifurcaban con certeros toques los lomos henchidos y
deformes sobre las sábanas. Los labios eran dulces ciruelas jugosas emanadas
como frutos de las copas. Ella se volvió paloma, y él, su nido.
Ninguno
llegó ese día, ni el siguiente, ni el próximo, al encuentro con el mago. Y la
voz estruendosa del tiempo irrumpió en el lecho para amedrentar a los amantes.
Debían poner alto cuanto antes a la infamia de quedarse detenidos. Pero ellos
sólo reían y comían ciruelas. Y perdieron la noción del día y de la noche. Y
recorrían las calles: c a m i n a n d o / o d n a n i m a c (regresando). Y
practicaban sus artilugios enamorados para ahuyentar a las bestias del tiempo.
Y luego se paraban en las esquinas a bailar boleros. Y se atacaban con
preguntas que ninguno quería responder, entonces reían y comían ciruelas. Y
leían poemas. Y recordaban. Y cuando llegaba el cansancio buscaban refugio. Y
viajaron por bosques, mares y montañas, con el sólo impulso de su liviandad.
Entretanto, el tiempo se había convertido en un demonio inexpugnable. Sus
enormes patas arribaban cada vez más cerca de los fugitivos. Avanzaba con mayor
violencia, y arrastraba a su paso cuantos incautos encontraba. Había que
deponer las armas.
Aquella mañana
del cuarto día, momentos antes de despedirse, se detuvieron frente a la puerta,
detrás del umbral se dejaba ver el frío con la boca abierta. Volvieron a
mirarse. Se besaron. Miguel traspasó el marco y los segundos hicieron bombear
su corazón nuevamente. Tic Tac
Tic Tac Tic Tac Tic…
¡Volvió en sí! Aún estaba dentro del Célica negro metalizado año 92 mirando fijamente
la pared de hiedras del vecino. Dio vuelta a la muñeca. El ronco ruido del
motor atrajo su vista hacia el sucio cristal del vehículo. Colocó las manos
sobre el volante y hundió el acelerador. Al cruzar la esquina miró por el
retrovisor: nadie lo seguía. Volvió la mirada sobre el camino, se sintió más viejo.

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