Todos los Whitman

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martes, 20 de septiembre de 2011

FUGITIVOS


<< El mayor temor para un fugitivo es
sospechar que nadie lo persigue >> Anónimo

Mientras avanzaba hacia el carro parqueado en la acera, todavía con el roce de aquel beso hormigueando en sus labios, miraba absorto la hiedra esparcida por la pared blanca del vecino como un sutil trazo de color verde sobre un lienzo. La puerta oxidada de aquella casa en la alta Florida que los albergó por las últimas 48 horas de la fuga, se cerró al poco tiempo de que él, Miguel, iniciara su marcha hacia el Célica negro metalizado año 92 que lo esperaba, como el cómplice que siempre espera afuera,  a escasos metros del lugar. Ella, por su parte, aguardaría unas horas más en el refugio antes de partir.

 Una vez en el carro respiró con vehemencia, como si por mucho tiempo hubiese permanecido bajo el agua, y al salir, se encontrara con el primer hálito de oxigeno. Las llaves fijas entre sus dedos y la hendija del encendido. El llavero colgando con un ligero balanceo. Ellos habían decidido dejar de escaparse del tiempo y someterse nuevamente a su imperio, asumiendo, cada uno por su lado, las consecuencias de haber violentado sus hoscos designios.

Aquella noche, cuando todo comenzó, era la tercera o cuarta vez que se veían. Se conocieron por intermedio de Trino: maestro, hombre poderoso, mago del tiempo. Esa noche, él quiso festejar con sus discípulos el hallazgo de una nueva fórmula y los juntó para celebrar una bacanal. Ella, dispuesta a seducir al mago para arrebatarle la fórmula del sosiego, danzaba como una diosa africana sobre una bestia negra, sus manos desgarraban la túnica de Trino mientras gritaba su nombre. Miguel, mientras tanto, tallaba en su cabeza, al filo del cincel, la imagen de los cuerpos violentándose.

            Los rayos del sol naciente descubrieron a los discípulos con las pieles vejadas por los juegos de la noche. El mago ya no estaba. Ellos se dejaron caer uno al lado del otro con sus pesadas cargas. La fuerza de la tierra los reavivó con un soplo vigoroso de deseo. Sus brazos comenzaron a erigirse como recias enredaderas pobladas, circundando los cuerpos hasta hacerlos uno. Las miles de manos como hojarascas bifurcaban con certeros toques los lomos henchidos y deformes sobre las sábanas. Los labios eran dulces ciruelas jugosas emanadas como frutos de las copas. Ella se volvió paloma, y él, su nido.

            Ninguno llegó ese día, ni el siguiente, ni el próximo, al encuentro con el mago. Y la voz estruendosa del tiempo irrumpió en el lecho para amedrentar a los amantes. Debían poner alto cuanto antes a la infamia de quedarse detenidos. Pero ellos sólo reían y comían ciruelas. Y perdieron la noción del día y de la noche. Y recorrían las calles: c a m i n a n d o / o d n a n i m a c (regresando). Y practicaban sus artilugios enamorados para ahuyentar a las bestias del tiempo. Y luego se paraban en las esquinas a bailar boleros. Y se atacaban con preguntas que ninguno quería responder, entonces reían y comían ciruelas. Y leían poemas. Y recordaban. Y cuando llegaba el cansancio buscaban refugio. Y viajaron por bosques, mares y montañas, con el sólo impulso de su liviandad. Entretanto, el tiempo se había convertido en un demonio inexpugnable. Sus enormes patas arribaban cada vez más cerca de los fugitivos. Avanzaba con mayor violencia, y arrastraba a su paso cuantos incautos encontraba. Había que deponer las armas.

Aquella mañana del cuarto día, momentos antes de despedirse, se detuvieron frente a la puerta, detrás del umbral se dejaba ver el frío con la boca abierta. Volvieron a mirarse. Se besaron. Miguel traspasó el marco y los segundos hicieron bombear su corazón nuevamente. Tic Tac Tic Tac Tic Tac Tic…
            ¡Volvió en sí! Aún estaba dentro del Célica negro metalizado año 92 mirando fijamente la pared de hiedras del vecino. Dio vuelta a la muñeca. El ronco ruido del motor atrajo su vista hacia el sucio cristal del vehículo. Colocó las manos sobre el volante y hundió el acelerador. Al cruzar la esquina miró por el retrovisor: nadie lo seguía. Volvió la mirada sobre el camino, se sintió más viejo.

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